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El hombre renacentista

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El hombre renacentista

Notapor mafestu » 04 Abr 2006, 16:35

El hombre renacentista

La expresión hombre o mujer renacentista sugiere una persona de muchos logros y talentos. Un hombre renacentista no es ni un experto ni un especialista. Él o ella sabe algo más que un poco de «todo» en lugar de saberlo «todo» sobre una pequeña parte del espectro total del conocimiento moderno. Es una expresión esencialmente irónica, pues existe el convencimiento universal de que nadie puede ser de verdad un hombre renacentista en el verdadero sentido del término, pues el conocimiento se ha vuelto tan complejo que ninguna mente humana es capaz de absorberlo no ya todo, sino tan siquiera una parte significativa de él.

¿Existió de verdad el hombre renacentista, en ese sentido que acabamos de definir, durante el Renacimiento? La respuesta es negativa y la explicación de por qué no puede resultarnos muy sorprendente. Resulta que el conocimiento no es más complejo hoy en día de lo que lo fue en el siglo XV. Es decir, es tan complejo ahora como lo era entonces. Era tan imposible para un ser humano saberlo todo sobre todo entonces como lo es ahora.

Eso no quiere decir que todo lo que sabemos hoy fuera ya conocido por los hombres y mujeres que vivieron durante el Renacimiento. Obviamente, sabemos muchas cosas que ellos ignoraban. Por otra parte, ellos sabían muchas cosas que nosotros desconocemos. Sabían mucho más, por ejemplo, sobre teología, una ciencia que se tomaban infinitamente más en serio que nosotros. En conjunto, eran mejores filósofos que nosotros, pues valoraban más la filosofa. Su conocimiento de la filología era, si no mayor que el nuestro, sí muy diferente. Ésos eran los campos generales del saber en los que consideraban más atractivo especializarse, y a ellos dedicaron sus esfuerzos los mejores cerebros de la época.

En otro campo general estamos muy por delante de donde estaban los hombres renacentistas. Sabemos muchísimo más que ellos sobre la forma en que funciona la naturaleza. Es verdad que la gente del Renacimiento fue la primera en restaurar la importancia y respetabilidad de esta rama del saber pero nosotros nos hemos concentrado en él durante cinco siglos casi hasta el punto de excluir todo lo de-más. No es sorprendente que les llevemos tanta ventaja. Tampoco es sorprendente que estemos tan por detrás suyo en otras disciplinas que ellos consideraban más importantes que las ciencias naturales.

No digo esto porque quiera defender su jerarquía de prioridades. Como cualquier persona moderna, me inclino por creer que nuestra preferencia por las ciencias naturales en detrimento de las ciencias de la divinidad (por usar estos términos para definirlas de forma simple) es correcta. En general, hoy vivimos mejor que los hombres y mujeres del Renacimiento. Vivimos más años, tenemos mejor salud y más comodidades, y todo ello se lo debemos a nuestro interés prioritario por las ciencias naturales.

Digo todo esto con la intención de corregir uno de los malentendidos más comunes sobre lo que se quería decir con la idea de «hombre renacentista» durante el propio Renacimiento. Como he dicho antes, nunca ha existido el hombre renacentista en el sentido distorsionado que le atribuimos en la actualidad. Pero sí hubo ejemplos de tales extraordinarias personas en otro sentido de ese término, no sólo durante el Renacimiento, sino también en la antigüedad clásica e incluso en tiempos recientes. Debemos incluso plantearnos la cuestión de si es posible o no que existan hoy en día hombres renacentistas en el verdadero sentido del término.

Como sucede con tantas otras ideas, el origen de esta expresión se remonta a Aristóteles. Trata sobre ella al principio de su tratado Sobre las partes de los animales, cuando describe el método que empleará en la obra. Lo que dice es a la vez sencillo y profundo:

Toda ciencia sistemática, tanto las más humildes como las más nobles, parece admitir dos tipos diferentes de competencia: uno que podemos llamar propiamente conocimiento científico de la materia, mientras que el otro es una especie de conjunto de nociones básicas del tema. Un hombre educado debería ser capaz de formarse un juicio inmediato y correcto sobre lo bueno o malo del método empleado por un profesor en su exposición. Ser un hombre educado quiere decir, de hecho, ser capaz de hacer precisamente eso; tanto es así que afirmamos que un hombre tiene una educación universal en virtud de si posee o no esta habilidad. Debe, por su-puesto, entenderse que sólo atribuiremos una educación universal a quien individualmente pueda ejercer esta capacidad crítica en todas o casi todas las ramas del conocimiento, y no a alguien que meramente posea una capacidad similar en alguna materia concreta. Pues es posible que un hombre posea esta competencia en alguna rama del conocimiento sin poseerla en todas.

Este famoso pasaje, tan lleno de significado y tan útil para nuestra propia época como lo fue en el Renacimiento, necesita un poco más de explicación para que podamos ver todos sus matices. Primero veamos la distinción entre tener «conocimiento científico» de una materia y tener «nociones básicas» de ella. El «conocimiento científico» es aquí el conocimiento que posee un especialista en una determinada materia e implica conocer no sólo sus principios generales y las conclusiones a las que ha llegado ese determinado campo del saber, sino también todos los detalles que han llevado a esas conclusiones. Como dijo el antiguo médico Hipócrates, «la vida es corta y el arte largo». Es decir, ningún individuo, en el corto plazo de su vida, puede esperar adquirir un «conocimiento científico», en el sentido de saber absolutamente todo lo que se puede saber, en todos los campos o ramas del conocimiento. Eso era algo tan cierto en tiempos de Aristóteles, como el propio filósofo deja entrever en el texto, como lo es hoy.

¿Qué quiere decir Aristóteles cuando habla de «nociones básicas» sobre una materia? Son las nociones que posee un hombre o mujer que ha sido educado en el método de la materia en cuestión, no sólo en sus detalles y en sus particulares descubrimientos o conclusiones. Una persona así tiene capacidad «crítica» en ese campo. Es decir, es capaz de distinguir lo que tiene sentido y lo que es absurdo, por usar términos modernos, en esa determinada disciplina. Un «profesor» en ese campo es un experto, un especialista. Pero Aristóteles reconoce que tal «profesor» puede ser menos auténtico de lo que le gustaría hacernos creer. Una persona con unas «nociones básicas» sobre el tema sería capaz de distinguir a un auténtico profesor de un impostor.

Dice Aristóteles: «Ser una persona educada consiste, de hecho, en ser capaz de hacer precisamente eso.» Es decir, una persona sólo puede considerarse a sí misma «educada» si puede ejercer su capacidad «crítica» en un amplio abanico de áreas de conocimiento científico —si es capaz de distinguir entre lo que tiene sentido y lo que no incluso si no es un especialista en ningún área de conocimiento—.¡Qué afirmación tan extraordinaria! ¡Y qué lejos está de lo que nosotros consideramos una persona educada!

Por último, un hombre de «educación universal» —que no es otra cosa que nuestro hombre renacentista— es alguien con capacidad «crítica» en todas o casi todas las áreas del conocimiento. Una persona así no tiene capacidad «crítica» sólo en alguna materia especial. La tiene en todas o en casi todas.

En los párrafos que siguen al pasaje citado anteriormente, Aristóteles expone algunos principios metodológicos de lo que hoy llamaríamos biología o zoología, de anatomía, de reproducción y de la conducta general de los animales. Después de esta exposición, nos da los resultados de las investigaciones concretas que él y otros han realizado sobre la conducta de varias especies de animales. Mucho de lo que dice en esta última parte del libro es cierto, pero también dice muchas cosas sospechosas. Ya no creemos, por ejemplo, que «el cerebro no tiene relación con los órganos sensoriales» o que el papel del cerebro sea «atemperar el corazón y hacerlo entrar en ebullición». Aristóteles llega a estas conclusiones debido a que formula ciertos su-puestos sobre la vida animal en general que son incorrectos y que hubiera estado menos dispuesto a sostener si hubiera comprendido mejor el método científico. Sin embargo, su anterior exposición de los principios de la metodología científica es, en su mayor parte, todavía correcta.

Puesto que entendía cómo se hace (o hacía) la ciencia, podía afirmar que tenía capacidad «crítica» en todas las ramas de la ciencia, es decir, que era capaz de determinar cuando un «profesor» de una rama de la ciencia en particular extraía conclusiones «probables» de los fenómenos que analizaba. Así pues, podía considerarse una persona «educada» en una gran área del conocimiento. Aristóteles también estaba familiarizado con los principios de muchos otros campos, desde la ética a la política, desde la retórica a la poética, desde la física a la metafísica. Podía afirmar razonablemente que poseía «nociones básicas» de todas o de casi todas las ramas del conocimiento de su tiempo. No era, sin embargo, un experto o especialista «profesor» en muchas de ellas. Quizá sólo se le podía considerar un experto en las ciencias de la lógica y en lo que él llamaba metafísica o «primera filosofía».

No obstante, Aristóteles era sin duda un hombre renacentista. También debe concedérseles ese mismo título a muchos otros pensa¬dores griegos, entre ellos Demócrito y Platón, que no fue sólo el principal filósofo de su tiempo sino también el primer matemático.
……

El hombre renacentista y la idea de una educación liberal

El ideal aristotélico de una persona educada, «crítica» en todas o casi todas las ramas del conocimiento, sobrevivió durante siglos como objetivo de una educación liberal. Originalmente se le enseñaron a los estudiantes las siete artes, el trivium (gramática, retórica y lógica) y el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música). Aun-que los nombres son antiguos, las siete «materias» serían equivalentes a un programa de estudios liberales modernos que incluyera idiomas, filosofía, matemáticas, historia y ciencia. Las artes eran «liberales» porque liberaban. Es decir, liberaban a su poseedor de la ignorancia que maniataba a los que carecían de estudio.

El siglo XX fue testigo de un cambio radical en este esquema educativo. Que el Renacimiento fracasara y no creara «hombres renacentistas» no pasó desapercibido. Si hombres como Leonardo, Pico, Bacon y otros casi tan famosos como ellos no pudieron hacer realidad su sueño de saber todo lo que había que saber sobre todas las cosas, entonces era inútil que lo intentaran hombres con menos capacidad que ellos. La alternativa se hizo evidente: conseguir ser un experto en un campo mientras que otros se hacían expertos en otras áreas del conocimiento. Este nuevo curso, mucho más fácil de seguir, llevó a una comunidad académica mucho más acomodada. Ahora, una autoridad en un campo sólo tenía que competir con los demás expertos en el mismo campo.

El instrumento que se utilizó para conseguir este cambio en los estudios fue una universidad llena de divisiones y subdivisiones, con departamentos separados convertidos en una especie de feudos arma-dos que se contemplaban los unos a los otros a través de un océano de ignorancia mutua. El único asunto en que todos siguieron compitiendo con todos fue en la pelea por los fondos de la universidad, que pronto acabaron distribuyéndose según criterios que tenían poco que ver con los valores académicos o con el conocimiento como tal. La creen¬cia original de que una persona educada debía tener «capacidad crítica» en otros campos de conocimiento aparte del propio simplemente desapareció. Al final, como señaló C. P. Snow (1905-1980), los distintos mundos que se crearon dentro de la universidad dejaron de hablarse los unos a los otros. El «uni» de universidad también perdió todo significado conforme la institución, que adquirió cada vez más poder a medida que fue recibiendo fondos gubernamentales para investigación, se convirtió en una relajada confederación de mini estados sin conexión entre ellos, en lugar de seguir siendo una organización dedicada a la búsqueda conjunta del conocimiento y la verdad.

Hasta la segunda guerra mundial, los estudiantes universitarios, al menos, se aferraron al ideal liberal, aunque a menudo sin demasiado entusiasmo. Tras la guerra, el programa de estudios liberales fue descartado en casi todas partes, y la organización departamental del mundo universitario se aplicó también en todos los niveles de la educación por debajo de la universidad, hasta el punto de que hoy se aplica incluso en algunos parvularios.

Todo lo que quedó de aquel gran empeño, en la conciencia popular, fue la expresión a veces admirativa, a veces irónica y a veces despectiva de “hombre renacentista”, que se aplicó casi a cualquiera que demostrara que tenía habilidad suficiente como para hacer bien más de una cosa. E incluso entonces la expresión no se usó en su sentido original, aristotélico. Ese ideal y esa idea se han perdido por completo.

Breve Historia del Saber
Charles Van Doren.
Pags. 210 a 214 y 220 a 222
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